23 oct. 2013

El día que Aragorn conoció a sus suegros

Un buen día Aragorn se compró una buena espada, y el vendedor le advirtió que cuando la llevara a la intemperie mientras llovía, podía oxidarse, por lo que le recomendó que siempre tuviera un frasquito de vaselina a mano para bruñir la hoja. Meses más tarde, el joven Aragorn se enamora de una guapa chica Elfa, Arwen, y ella lo invita a su casa para que conozca a sus padres. Al llegar, el joven Aragorn deja la espada a la entrada de Rivendel, porque le parece que es de mala educación entrar armado sin antes ser debidamente presentado, y ella le detiene para advertirle:

- En mi familia hay una vieja tradición élfica según la cual, después de la cena, al primero que abra la boca para hablar, le toca lavar los platos.

Después de una deliciosa y copiosa cena, tras la presentación padres-novio, el joven Aragorn se fija en la inmensa montaña de platos sin lavar que se amontonan sobre la mesa, mientras todos los demás se sientan en silencio esperando al primer pringaete que decida hablar, pues nadie quería lavar. Pasaron 30 largos minutos… y el joven Aragorn, un poco impaciente ya, para acelerar un poco las cosas, toma a su novia Arwen y la besa en la frente delante de todos. Pero nadie dice una sola palabra.

Suceden 30 larguísimos minutos más… pero nadie se pronuncia. Entonces, decide tomar medidas extremas, por lo que la coge a ella en brazos, y sobre la mesa misma la abre de piernas y lo da todo allí mismo. Sus gemidos se escucharon a lo largo de todo Lórien. Nadie dice una palabra. Ahora, el pobre Aragorn está desesperado, nadie ha reaccionado, y en su mente la montaña de platos adopta las medidas del Caradhras, y no puede creerse que nadie vaya a decir nada y que le vaya a tocar a él lavar… Aragorn se fija en la suegra, Celebrian, y observa como sus élficos pechos rebosan por el vestido que lleva puesto… y como sigue nervioso, la coge, y allí mismo se la trajina, al estilo montaraz. ¡Pero nadie dice una sola palabra! Aragorn está a punto de reventar y ya no sabe qué hacer, cuando en la distancia se oyen unos truenos… Su primer pensamiento, entonces, es proteger la espada que compró, por si llueve, así que saca de su bolsillo el bote de vaselina… a lo que Elrond, el suegro, se levanta de la silla y grita:

- ¡Está bien, hijo de puta! ¡Yo lavo los platos! ¡Yo lavo los platos…!
 

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