14 mar. 2015

Mañana rezando al empezar el día en las escuelas y despellejándonos unas a otras de pura envidia

Asisto alucinada a como cambia el mundo a mi alrededor cada vez más rápido. No es que evolucione en el sentido en que un raro pez salió arrastrándose del agua, es una evolución al estilo del parásito que pierde todo menos su capacidad de reproducirse. Parece que la capacidad crítica que tuvo mi generación allá por los 80 y 90 se ha diluido en un ambiente viciado de normas sin sentido y superstición, de conformismo absoluto, de borreguismo al más puro estilo de tiempos franquistas.

Que una persona que esta a las puertas de la edad adulta te quiera demostrar la existencia de Dios y pretenda estar en posesión de la verdad es preocupante. Que las mujeres se sigan refiriendo las una a las otras como zorras, más.

Voy a decir una obviedad, pero como este blog está lleno de obviedades dudo que importe una más. Os voy a contar por qué siempre han sido las mujeres las más inmisericordes y beligerantes contra las otras mujeres. Poneos en la piel de una típica tía que cumple a rajatabla las normas mojigatas que vuelven a estar de moda y que nos han privado de una vida plena durante generaciones. Nuestra protagonista es un auténtico crack de la limpieza, que se pasa horas fregando, cocinando y planchando mientras su señor esposo (o su padre, o su hermano, o cualquier otro varón) se limita en su casa a limpiarse el propio culo; ya el vater también lo limpia ella. Esta tía no va a tener en toda su vida más que una, dos, o, como mucho, tres relaciones. Si llegara a cuatro ya es muy ligerita. Cuando se casa y es madre empieza a vivir una vida aparte de la de su pareja. El sale de noche igual que salían antes los dos; ella debe cuidar a los retoños. Si el cuerpo le pide sexo debe esperar a que él lo desee, como mucho puede insinuarse tímidamente; él sin embargo decide cuando lo quiere y lo hace saber... Y ella se lo debe dar, porque si no le está dando permiso para buscar fuera de casa lo que no encuentra en ella. Por supuesto la infidelidad en ella no tendría perdón, da igual la de veces que él lo haya sido.

Imaginaos cómo se puede sentir cuando ve a una mujer que es tan libre como los hombres, no una criada, ni una concubina ni una ama de cría. Una mujer a quien no "ayudan" a las tareas domésticas, sino que hace su parte de esas tareas como uno más de los que viven en la casa. Una tía igual que ella que cuando le gusta un tio sí puede estar con él si es correspondida, que disfruta del sexo. Esa es el blanco de todo su odio, porque no se somete y eso enciende la mayor de las envidias.

Lo dramático de todo esto es que ese "si así he vivido yo, así tienen que vivir todas" pasa de madres a hijas y está volviendo. Aquí dejo esta canción del grupo granadino María del Mal para todas las que, como yo, no vendieron su libertad a cambio de la aceptación social; "Aprieta los dientes"

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