14 oct 2025

Rutinas

 Hace 20 años que trabajo en lo mismo. Como alguna vez he dicho, para mí los años empiezan y acaban en septiembre porque soy profesora. La profesión acaba siendo parte de mi misma y modela la forma de pensar, hasta llega un momento que reconoces a tus colegas por la forma de moverse y hablar antes de que te digan a qué se dedican.

Durante todos estos años una parte muy pesada del trabajo ha sido corregir exámenes. Era pesado y a veces desesperante; letras que parecen jeroglíficos egipcios, leer varias veces la misma barbaridad y saber que se han copiado varios del que menos estudió... Pero lo hacía, sin problema, hasta mediados del curso 23/24. Ese año tenía a mi cargo un 2º de Bachillerato en uno de los centros públicos de mayor nivel de la región, preparándoles para mi materia en el acceso a la universidad, y empecé a tener problemas para leerlos. Ya llevaba tiempo teniendo problemas serios, que me obligaron a dejar de conducir de noche y a dejar aparcada la moto, pero lo peor empezó entonces. Yo iba a mis revisiones, y al parecer o no buscaron o no quisieron ver lo que me estaba pasando. El curso pasado, ya en la segunda evaluación, se me hizo imposible seguir. Llevaba meses con exámenes tipo test por classroom para no tener que corregir pero ya es que dar la clase o desplazarme al centro a primera hora (amanecer en invierno) eran odiseas.

En ese momento acababa de perder contacto con mi hijo (del que sigo sin saber nada) y me encontraba entre un mar de papeles que nunca parecía terminar para tener la legítima propiedad de mi piso. El verme cada vez más desvalida e incapaz de trabajar era la gota que faltaba para bordear la depresión. Pedí cita en el médico de cabecera y, el día anterior a ir a pedir mi baja, recogí todas mis cosas en el instituto al que nunca iba a volver. En realidad estaba convencida de que nunca volvería a pisar un instituto. De las personas que me conocían y me trataban con frecuencia, sólo dos o tres sabían lo que me estaba pasando. Mantuve la buena cara.

Recuerdo perfectamente el trayecto del departamento a la bici y la llegada a mi casa. Recuerdo sentirme como un animal herido que se retira a morir, porque tenía decidido que si llegaba a ser una persona dependiente no seguiría viviendo.

Al día siguiente me dieron la baja, pero yo no me rendí y terminé en urgencias hablando con un oftalmólogo joven, la única persona que me escuchó y se conmovió con mi desesperación. Me hizo todas las pruebas que creo se pueden hacer, estando en oftalmología él, las limpiadoras y yo; nadie más, ni un enfermero. Cuando terminó me dijo que lo que tenía se solucionaba con un procedimiento laser, y que este procedimiento no se hace por urgencias, pero me lo iba a hacer al menos en un ojo para que recuperase la autonomía. Dentro de una semana me harán el láser en el otro ojo, si hubiera tenido que esperar a la cita haría 6 meses que estaría en las mismas condiciones que llegué a urgencias. No sé si cuando me realicen el procedimiento en el otro ojo la mejoría será tan grande como en el primero, pero aunque me quedase como estoy puedo llevar una vida plena.

Todo esto viene a que esta tarde estoy corrigiendo la primera tanda de exámenes escritos de este curso y lo hago sin dificultad. Algo tan rutinario y que he hecho tantas veces hoy, de repente, me parece algo maravilloso; poder trabajar como siempre lo he hecho. Durante año y medio me fui adaptando a mis dificultades y había olvidado lo fáciles que son las cosas cuando no arrastras una discapacidad tan grave. 

No me gusta la obligación de levantarme y pasarme la mañana en el instituto, no me gusta leer lo mismo en 35 exámenes, no me gusta aguantar reuniones interminables... Pero me gusta poder enseñar, que algún día vaya al médico o a sacarme sangre y me encuentre un alumno a quien preparé para la universidad y consiguió la nota necesaria, o que mis alumnos del grupo de mejora (a todos les pasa algo, todos tienen problemas graves) me sigan por los pasillos preguntando si corregí sus exámenes y lo hagan con ilusión porque en cada clase con ellos me da igual si aprenden o no; lo que me importa ahora es que se sientan capaces de aprender, se sientan válidos ellos también en un mundo que los margina. 

Me siento como si la vida me hubiese dado una prórroga cuando creía que ya no había nada para mí. Ahora espero los pocos días que faltan para la intervención, con la esperanza de desempolvar mi moto y volver a conducir yo mi coche, ojalá sea así; pero si no lo es, seguiré adelante igualmente.

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