14 nov. 2015

Sobre religión, muerte y vida.

No me resulta sorprendente lo que anoche ocurrió en París, y ese simple hecho debiera erizaros el pelo si podéis decir lo mismo. Hemos crecido y vivido en el mundo de la aldea global y la información rápida e ilustrada; imágenes de niños mutilados y muertos en Palestina, gente que se suicida impotente y desamparada al perder su casa, mujeres cubiertas por velos asesinadas a pedradas, policías linchando a un ciudadano de su propio país por ser de raza negra, comercio de seres humanos para sus explotación sexual, niños agonizantes que son sólo piel y huesos... En esta realidad que parece importar poco a quienes nos gobiernan, el horror es cotidiano. A los que manejan el mundo les preocupan muy poco los derechos humanos, ya que los suyos propios no corren peligro; les preocupa mucho más satisfacer a sus amos, enriquecer a las grandes multinacionales que a su vez les devolverán el favor.

En un mundo hambriento y colmado de injusticia, no podía ser más fácil para los lideres religiosos hacer lo que siempre hicieron, desde que la religión se inventó; no pueden ofrecer nada real ni palpable que alivie sufrimientos o traía un poco de igualdad y respeto a la humanidad, pero pueden prometer aquello que nadie vendrá a decirles que es mentira. Convencen a sus seguidores de que poseen la única verdad, y que deben admitir sus reglas y luchar por lo que su Dios les pide. El dios de turno no dice ni pío, pero sus sacerdotes, imanes y rabinos ya hablan por él. Consiguen un ejercito adoctrinado de seres humanos ignorantes y perdidos, que esperan encontrar la felicidad si mueren por su causa, que dejan de pensar en su propia vida presente para pensar en otra prometida que tiene una ventaja; nadie vuelve para decir si el sacerdote, el imán o el rabino decían o no la verdad.

El mundo ya ha vivido mil tragedias en nombre de dioses que jamás se le mostraron para pedir sangre ajena, Europa conoce bien el fanatismo y la alienación de su propia religión en tiempos no tan buenos como estos, cuando se quemaba personas vivas por no comulgar con el poder religioso (o simplemente para recordar lo implacable de ese poder).

Las religiones debieran dar a la gente esperanza en su vida, ayudar a no temer a la muerte, no hacer que la pierdan en orgías de odio y crueldad hacia los otros, que mueran por doctrinas que no creen quienes se las inculcan.

Mi solidaridad con el pueblo francés, como está también con el pueblo palestino y con todas las mujeres que viven degradadas a seres inútiles y serviles en nombre de algún dios que jamás les habló. Con ellas me siento más conectada, porque si hubiese nacido en otra parte quizás hoy ese sería mi destino y no podría escribir estos pensamientos, tal vez me hubieran metido de niña un tiro por querer aprender a escribir en la escuela.

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