25 abr. 2016

Mamandurias

Desde hace muchísimo tiempo, he arrastrado un problema de salud de esos que no te van a matar pero te lo ponen todo muy muy difícil. Hasta hace un par de años lo llevaba bien. Con bien me refiero a que, al menos a mi parecer, era capaz de hacer todo lo que hace cualquier otro ser humano. A pesar de decirme el especialista que debería pedir el reconocimiento de mi discapacidad, yo no quería hacerlo. Por alguna absurda razón que no puedo exponer porque era más un sentimiento que un razonamiento lógico, era parte de mi propia autoestima el no aceptar que ya no podía hacer lo mismo que cualquier otro, por mucho que buscase maneras para esquivar mi inferioridad de condiciones. Quería sacar mi plaza en libre competencia, sin recibirla simplemente por haber aprobado y existir un 5% de plazas reservadas a discapacitados. La verdad es que me quedé a décimas de conseguirlo.
 
Ultimamente ya no podía seguir con esto, no me he rendido pero he aceptado que la enfermedad avanza y la derrota ya es un hecho. Tragándome un orgullo que es tan irracional como ridículo, inicié los trámites. El pasado viernes, después de varios meses esperando que me dieran cita, llegó la hora. Sin problemas, porque ya había superado de largo el 33% de discapacidad que te piden, fuy a dar el último paso y me llevó toda la mañana, entre el médico y el trabajador social, y las esperas para uno y otro. Creo que yo llevaba escrito en la cara lo que me costaba hacerlo, porque ambos me trataron muy bien y me dieron buenos consejos. Uno de estos consejos fue que me quitase la capa de supermán, aceptara lo que tenía y no temiera que la gente lo supiera o pedir ayuda. O sea, que hiciera lo contrario de lo que he hecho desde que tenía 6 años.

Esta mañana he ido a justificar la falta en el trabajo, y entre las lindeces que he oido están:

- No es razón para no ir al trabajo, porque es algo a lo que yo he ido porque quería, no era testificar en un juicio.
- Los días de asuntos propios no son infinitos (es la primera vez que me cojo uno, pero se ve que hay que avisarlo por si piensas repetir)
- A estas cosas hay que ir en vacaciones.
- Hay mucho absentismo entre el profesorado.

Yo, a cuadros, no he podido evitar decirle que estaba alucinando. Tras informarle a este ser que tenía delante de que las citas para esto te las dan cuando ellos quieren y tardan meses en dártelas, no puedes preveer si te pillará trabajando o no, y de que no voy a renunciar a lo que legalmente me pertenece por no perder una mañana de trabajo, me he ido del despacho pensando que mejor que no me paguen el día a tener males mayores por dejar salir por mi boca lo que pensaba de ella.

Este ser está preocupado por las mamandurrias de los vagos y picaros trabajadores, que pretender acudir al médico aunque sea en su horario laboral, siempre dispuestos a escaquearnos nos ve. En este país no estamos los trabajadores por eludir el trabajo, sino aterrados de perderlo, y encima hemos de aguantar a alimañas a las que les han dado un poco de poder sobre los demás y están seguros de que sin su vigilancia nada funcionaria con tanto vago caradura como ellos creen que hay.

Por otra parte, un rato después he hablado con otro jefe que se ha disculpado por la primera, y me ha dicho que mi justificante era suficiente. La verdad que unas pocas palabras hacen mucho cuando estas sentada, corrigiendo, y pensando en qué largos se te pueden hacer los dos meses que quedan en un lugar donde se le ha dado poder a alguien que no debiera tenerlo.

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