5 mar. 2015

La felicidad por uno mismo

Hace ya un tiempo que ruedan por internet las novedades de el currículo de religión en la enseñanza. Los contenidos no tienen desperdicio, pero sobre todo uno me ha llamado la atención: quieren que los niños crean que es imposible alcanzar la felicidad por uno mismo. Como esta noche estoy filosófica, por razones que no os voy a contar, aprovechando que todavía hay libertad para decir lo que apetezca en tu blog interese o no (pero siempre que no toque temas que amenacen al régimen del 78) pues aquí dejo lo que se me pasa por la cabeza.

Para mí la felicidad es sólo una idea proyectada en las paredes de la cueva de Platón, la sombra más difuminada y dudosa de las que se mueven en la pared de esa caverna. Esa vida feliz no existe, pero sí existe una vida plena con momentos de inmensa felicidad, momentos de trauma y pena, momentos de apatía y desencanto... siempre cambiante, aún cuando sentimos que la rutina nos consume.

La felicidad no os la va a dar creer en ningún Dios, creáis o no en él. Creer en Dios puede daros esperanza, nada más. Creer que habrá otra vida después de esta solo os hará desperdiciar la que tenéis; vivid esa otra cuando llegue, como se vive la adolescencia esperando ser adulto y la plenitud esperando ser viejo. Aunque tengáis fe, lo cierto es que ahora pisáis la tierra y este tiempo que creéis un regalo no se os ha regalado sólo como sala de espera para lo que vendrá.

la felicidad puede ser estar tirados sobre la hierba alzando las manos al cielo como quien juega a tapar la Luna con un dedo, sonriendo y viendo sonreír a quien está a tu lado. Felicidad puede ser sentir el calor del sol en la terraza de un bar tras una noche sin dormir y de que la madrugada te meta el frío en los huesos. Puede ser ver a tus hijos contarte con entusiasmo su éxito en un examen o en un partido que ganaron o con alguien que les ilusiona. Son momentos. Hasta en los peores tiempos de mi vida ha habido instantes de estos, de los que luego no recuerdas cuando las cosas van mal.

Os hará felices una conciencia tranquila, y para eso no hace falta miedo al castigo; sólo buen corazón. Da igual cómo os juzguen o cómo os condenen porque si sabéis que no hicisteis mal cerrareis los ojos tranquilos cada noche.La gente nos ve desde fuera, ve fotogramas de una película que no conoce, y no entiende que no sabe de la misa la mitad. No sabe con qué convivimos cada día, lo que soportamos y lo que luchamos, ni por qué lo hacemos, pero nos condenan a veces amparados en un dios cuyo hijo dijo "El que esté libre de pecado que tire la primera piedra"; si aciertan al creer, ante él responderán.

Enseñemos a nuestros hijos a ser libres, a disfrutar el tiempo que se les conceda de vida, a ser críticos con lo que ven en vez de a creer a ciegas. Enseñemosles a respetar a los demás, a ocuparse de sus propios asuntos. Si tienes fe y quieres que también la tengan, que les sirva para tener esperanza y no temer a la muerte, no para perder su vida esperando la siguiente.

De todos los momentos malos que viví y superé, el peor fue cuando no sabia si mi hija iba a morir antes que yo. Temíamos lo peor y yo solo podía pensar que sólo quería vivir lo justo para cuidarla, que sin ella no quería seguir aquí, No pensé en el cielo ni un posible reencuentro; pensé en todo lo bueno que yo he vivido y que ella no viviría, en que era yo quien podía irme tranquila pero ella no. Si hubiese creído en Dios habría pensado lo mismo.


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