25 feb. 2015

Cuando ser feliz ya es un acto revolucionario

Miro a mi alrededor y recuerdo las palabras de Rajoy ayer, y me pregunto repetidamente de qué país hablaba, porque está claro que o es un invento literario, su propia comarca hobbit o Narnia, o se está riendo en nuestra cara con total impunidad.
En el país donde vivo yo, esta mañana no ha acudido a clase un solo alumno de bachillerato. Se ve que no les agrada eso de volver a meter con calzador la religión en nuestras escuelas e institutos, y menos aún que se reduzcan las horas de asignaturas como las ciencias naturales y la tecnología... o que se haya hecho desaparecer en la práctica el latín y el griego. Parece que la perspectiva de cursar por lo privado los dos últimos años de carrera no les agrada a los hijos de los obreros; tal vez contaban con que si obtenían buenas notas podrían optar a una profesión cualificada, ya sabéis, por esa tontería de la igualdad de oportunidades que dice nuestra constitución. Hablo de esa constitución de 1978 que pretenden que sea una biblia inamovible aunque sólo en las partes que a la casta le interesan.
En el país donde yo vivo trabajar no es un derecho, sino un privilegio negado a muchos; y aquellos que trabajan muchas veces siguen en la pobreza porque los salarios no son dignos sino pan arrojado al suelo ante los esclavos.
En mi país, los impuestos aplastan a una clase media que se ha olvidado de lo que era ser clase media, que se partió los cuernos estudiando para tener una vida mejor que la de sus padres y ahora ve como cae sobre sus hombros todo el peso de la avaricia de los que gobiernan. Pagamos nuestros tributos para hacer frente a una deuda de empresas privadas que hasta el último minuto fueron saqueadas por los que las dirigían. Yo no tuve nunca una tarjeta black, no sé vosotros.
En mi país una señora con escasa educación y menos vergüenza gana más que cualquier cirujano por jugar con su tablet. Enhorabuena señora Celia Villalobos, ahora sabemos todos lo que le importa el país que le paga el sueldo.
Así están las cosas, parece que no hay salida, que siempre van a mandar los mismos, que sólo nos queda resignarnos y hacer lo que ellos quieren; volvernos muy religiosos y rezar para ir al cielo y así no revelarnos por la vida de mierda que tenemos.
Pues no señores de la casta, no nos vais a convencer de que sois vosotros o el apocalipsis, no nos vais ni a asustar ni a deprimir. Yo creo que sí se puede echar a esa gentuza y cambiar las cosas para que nunca nadie pueda hacer de lo de todos su cortijo. No estamos cansados ni estamos vencidos. Cuidado.

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