25 ago. 2012

¿Carbón barato?

La historia del carbón barato, como el que pretenden importar del extranjero, está teñida de sangre. Esos bajos precios no serían posibles con condiciones laborales dignas y sin explotación infantil. Un caso ocurrido en México para hacer removerse las conciencias:

Saltillo.- La vida de Jesús Fernando Lara Ruiz cambió por completo luego de la explosión del pozo 3 de la empresa minera Binsa en Sabinas. El accidente le arrebató más que el brazo derecho, se llevó su esperanza, le dejó enojo y la indiferencia.

El futuro llegó sin avisar, como un terremoto sacudió la vida de Chuy. Tenía 14 años, y tres semanas trabajando en la mina propiedad de Binsa, S.A de C.V., de Sabinas, cuando una mañana el pozo de carbón explotó. Se quedó sin el brazo derecho, supo que nada iba a ser igual cuando vio que de su codo un delgado pedazo de piel sostenía la extremidad.

De ser el muchacho inquieto que correteaba bajo el sol a las ratas e insectos con la hulera, ahora patea gatos, bebe alcohol y fuma mariguana. No comprende por qué perdió el brazo, para él no existía el riesgo, sólo quería trabajar. Se lo ha dicho muchas veces a su mamá, la vida ha perdido sentido. Siempre tendrá presente el 3 de mayo de 2011, cuando su cuerpo se quedó incompleto.

Jesús Fernando Lara Ruiz viste una gorra, un pantalón y una playera azul marino de la que apenas se asoman las huellas de donde había un brazo derecho. “Ya me voy, ¿que no?, que yo no quiero hablar”, dice agresivamente.

Avanza en la calle Dieciocho del barrio Cuatro de Minas de Barroterán y poco a poco se va alejando. Es mediodía. Va al monte, como lo hace desde hace seis meses. Allá se perderá hasta que caiga la tarde.

Hundido en la desesperanza y cada vez mas encerrado en sí mismo, Chuy, como le llaman, va a cumplir 16 años el próximo 20 de mayo. Quiere regresar a las minas, quiere ser carbonero, quiere bajar a enfrentarse a ese sitio a reclamarle su desdicha.

Ahora la madre vive con su pareja, también dedicado a la minería. Chuy vive solo en un cuarto con techo de lámina y a un costado vive su hermana Sheila, de 14 años, que tiene 6 meses en unión libre con un joven que acaba de cumplir los 18.

EL PASADO

Con la tragedia de su hijo y el recuerdo a flor de piel, el mundo de Rosalba Lara se tiñó de gris. Legalmente es la hermana de Chuy, pero su sangre y el llevarlo 9 meses en su vientre la acredita como su madre.

No ha sido fácil, porque se separó del padre de Chuy cuando el niño tenía cinco años. Comenzó a trabajar en la maquiladora, luego limpiando casas ajenas, luego en la tortillería. En los intervalos sin empleo, Rosalba vendía tamales o frituras para que sus hijos fueran a la escuela.

Ya había nacido Sheila, su otra hija, pero también hermana, registrada con sus mismos apellidos. Cuando llegó el momento de que estudiara la secundaria, Chuy se negó.

“Mire, con este niño Chuy duré un mes que iba y lo dejaba a la secundaria en la mañana y cuando yo me regresaba a la casa, él ya estaba aquí, lo dejaba por la puerta de enfrente y él se brincaba la barda de atrás y se venía aquí para la casa”.

Con el apoyo de su mamá y la condición de que no se fuera a trabajar a las minas, Chuy empezó como empacador en La Cabaña, un supermercado grande de Barroterán, pero abandonó el empleo porque no le gustaba estar encerrado todo el día, sin un sueldo fijo.

“Sacaba a veces unos 200 pesos por día, lo poquito que sacaba era para él, a veces decía ‘¿No quiere una soda, amá?’. Le decía: ‘Sí, m’ijo’… y una vez sí le dije ‘Chuy, dame para el gas’ y nomas me dio 50 pesos. Nombre, no me la acababa porque me lo echó en cara como una semana”, dice entre risas Rosalba.

Cuando dejó de ser empacador, empezó a robar envases, fierros y cualquier objeto de metal para venderlos porque quería dinero. Luego su mamá le dio permiso de que hiciera lo que hace la mayoría de los habitantes de la Región Carbonífera de Coahuila: trabajar en los pocitos mineros.

El padre de Chuy es carbonero y le consiguió una oportunidad como “huesero”, el trabajo de contar el carbón extraído y en el que se emplea a menores de edad, y en donde se supone no existe tanto riesgo como bajar a las entrañas de las minas.

LA TRAGEDIA

Tal vez porque lo presentía, aquella mañana del 3 de mayo Chuy estaba acostado en su cama. Todavía no eran las siete. Mirándolo, su mamá le preguntó qué tenía, él le contestó que la flojera le quitaba las ganas de ir a trabajar.

Por la mañana, a veces le contaba a su mamá la condición del pozo, que medía unos 100 metros de profundidad y que era muy duro contar el carbón, pero que le gustaba que le dijeran que era “huesero”.

Estaba a 17 días de cumplir 15 años y a siete de celebrar el Día de la Madre. Necesitaba dinero para comprar un regalo y comida para festejar.

“Yo le dije: ‘Pos no vayas, hijo, si no quieres ir’. Pero luego él se levantó y se sentó dijo que sí. Dijo: “¿Sabe qué, amá? Sí voy porque ya viene el Día de la Madre y mi pachanga, ya voy a cumplir las cuatro semanas en el pozo, me van a dar el bono”.

El primer indicio de que algo se iba a poner mal ocurrió a las 8:30 del martes 3 de mayo de 2011. Rosalba Lara se quedó recostada en la cama luego de que su pareja y su hijo se habían encaminado hacia las minas, cuando su madre llegó a su hogar a gritarle que había tronado el pozo 3 donde estaba Chuy, que Fede, el padre del menor, había llamado para avisar.

“Me quedaba viéndolos y pensaba: ‘Ay, Diosito, Tú los has de cuidar’, y en ese pozo también andaba mi hermano, nunca me pasó a mí por la cabeza lo de Chuy, yo sabía que estaba arriba, pero nunca me imaginé que pasara algo porque él estaba afuera”, recuerda Rosalba.

Quién iba a pensar que después de no hablarle a su mamá por siete años, reanudaría la comunicación por la tragedia. “Mi mamá andaba gritando en toda la cuadra que había tronado el pozo”.

Había pasado una hora después de que el menor se había ido a trabajar. Lo que vino después fueron doctores anunciando que había perdido un brazo y que tal vez no resistiría. “Me dijeron que se le habían quemado los pulmones y por eso nos fuimos a Guadalajara. Todo fue muy rápido”.

Rosalba se fue con su hijo, sin cambio de ropa, sin dinero. Recibió el apoyo del DIF de Guadalajara y de la organización Familia Pasta de Conchos. “Él estaba inconsciente, yo lo miraba detrás de una ventana, al tercer día lo desentubaron y comenzó a hablar, él quería venirse en ese ratito”.

Chuy le dijo a su madre que minutos después de ocurrida la explosión, se dio cuenta de que había perdido el brazo. “Decía que vio colgando nomás un pedazo de carne, que lo veía zafado”.

“Cuando estábamos en el hospital él me dijo que le dijo a su papá: ‘Mire, apá, mi brazo’ y que le dijo: ‘Si, güey, no te lo mires, tápatelo’… y cuando él me vio me dice: ‘Amá ¿ya vio mi brazo?’ y le dije ‘¿Sabes qué pasó con tu brazo?’. Me dice: ‘Sí’… y se quedó callado”.

Luego, los dos dieron gracias a Dios que fue un brazo y no la cabeza. Dos días después el niño salió caminando del hospital y sus primeras palabras al estar de pie fueron: “Tengo hambre”.

El 9 de mayo llegó a Minas de Barroterán, sus amigos le recibieron con un cartelón que decía “Bienvenido, Jesús”. Luego del pollo asado que comieron todos, llegó la noche, Chuy se acostó a descansar.

Con el brazo recién amputado, se levantó y en el estéreo de la casa de su abuela puso ‘Las Mañanitas’ con elevado volumen: era su regalo del Día de las Madres. Rosalba tiene el recuerdo como un tesoro, lo platica y no puede evitar que le resbalen las lágrimas.

CAMBIO DE VIDA

A veces Rosalba se siente culpable. No deja la idea de que si ella le hubiera dado dinero a su hijo él no hubiera tenido que ir a trabajar a la mina. “En parte digo es mi responsabilidad, pero es que ¿de dónde sacaba dinero?, yo trabajo siempre para darles a mis güercos lo poquito que pueda”, dice entre lágrimas.

Las cosas están fuera de control porque el DIF de Sabinas y Muzquiz se comprometieron a brindarle apoyo a la familia, pero sólo un par de veces se le preguntó a Chuy cómo se sentía.

Entonces, inevitablemente, todo cambió. Sheila, de 14 años, extraña a su hermano, a Jesús Fernando el de antes, pero cree que ya no volverá. “Él empezó con la rehabilitación y ya no quiso hacer nada, no regresó a la escuela ni a la mina”, dice penosa.

Las cosas han subido de tono. Chuy ha golpeado varias veces a su hermana porque se negaba a que se le acercaran los hombres. Otra noche, llegó con su mamá y al reclamarle su condición, también se le fue a los golpes.

“Comenzó a desesperarse y a dejar a sus amigos y si un animalito se le arrimaba lo pateaba, aquí en la casa tenemos patitos, el perro, un gato y a un gatito me lo mató, tenía un gatito negro y él no era así, a él le gustaban mucho los animales, lo que más le fascina a él son los caballos, pero se atravesó el gato y lo golpea y le decía ‘Déjalo, Chuy, ¿qué te hace?” y me decía: ‘Tú cállate, es para que entienda’” asegura su hermana menor.

Sheila tampoco quiso estudiar

La prótesis no la quiso. La aventó en un sillón y gritó que no la quería ver. “Cuando le dieron la prótesis ahí en Rosita en el Seguro se agarró a llorar, pero dijo que no se la iba a poner, que no y que no.

“Lo dejaron los psicólogos, la empresa cumplió con la indemnización, pero los del Gobierno no, no le han apoyado en eso psicológico y yo qué hago si a veces se pone bien violento y no me hace caso, se me va y regresa tomado.

“A mí ahorita me duele verlo así como anda, porque cuando anda así no me quiere, a pesar de que yo he estado con él, pero después del accidente como que me tiene coraje…toma, se droga, espero que no se esté metiendo otras cosas”.


» De acuerdo con el informe 2012 de la organización Familia Pasta de Conchos, Jesús se volvió a inscribir en la escuela; sin embargo, fue corrido porque “ya estaba muy grande” y se le ofreció como opción que se inscribiera en educación abierta como todos “los adultos”. Actualmente, no estudia. Pasa el día perdiéndolo sin saber qué quiere y puede hacer, que no sea ir a un pocito a trabajar.
» En la Región Carbonífera se estima que cuando menos 50 mil niños y adultos son mineros del carbón y muchos de ellos trabajan en minas clandestinas.
» Los pocitos son un tiro vertical desde la superficie, que alcanza hasta más de 100 metros de profundidad.
» Los pocitos tienen una vida de 6 meses a un año.

Artículo original en  www.zocalo.com

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